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El problema económico de México

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En mi artículo del 9 de marzo, que intitulé “UN PROBLEMA LLAMADO MÉXICO”, enumeré –según mi muy modesto parecer-, los renglones que creo debieran integrar el nuevo modelo de país, que urge ya comencemos los mexicanos a elaborar, no sólo para salir de la crisis económica, financiera y bancaria que actualmente padecemos estoicamente (con el estoicismo que los mexicanos siempre nos hemos impuesto para lograr redimirnos de nuestros pecados), sino para fijar, para este siglo, el tipo de gobierno que deseamos nos inspire y nos guíe.

Así expuse la forma en que contemplo los problemas de la corrupción que parece sernos congénita; el narcotráfico que ya ha conformado una segunda naturaleza del mexicano; la política difícil de desentrañar por cualquiera porque, al parecer, la importamos de otro planeta, y expuse con mi criterio de jurista viciado, la forma en que opino debemos integrar un nuevo concepto de cultura mexicana.

En mis apuntes que diseñé para redactar el artículo había incluido específicamente (después del Capítulo Político) un rubro fundamental como lo es el Capítulo Económico.

No alcanzo a comprender cómo es que mi mente dinamitó dicho análisis tan importante y tan trascendente.
Pareciera una mala pasada de mis genes étnicos el que suprimiera con tanta limpieza la inimportancia de dicho renglón, que constituye el problema económico del país más doloroso, y que siempre ha entintado y ensombrecido a la Nación Mexicana.

Antes de lograr nuestra independencia de España, dejábamos en manos del Virreinato de la Nueva España el elaborar el rompecabezas económico en el Capítulo a “cesiones” de ese semi-país en manos españolas.

La misión de España fue de una simplicidad tal que no se explica uno cómo en su tiempo no nos obsesionaron (¡qué digo obsesionarnos, ni siquiera preocuparnos!) El español colonial nomás explotó y sustrajo de nueva España todo lo que tenía algún valor. A cambio nos dejó sus estrecheces.

Sólo así se entiende que en el México del Siglo XX (mi siglo), después de decretarse la nacionalización del petróleo se dijera que a Miguel Hidalgo debíamos el grito de la independencia nacional, y a Lázaro Cárdenas (más de un siglo después) debíamos el grito de la independencia económica.

Me ahorro y ahorro a mis lectores la consideración de qué ha pasado con dicha liberación económica, combatida por los sucesores de Cárdenas, los cuales se enriquecieron y “repartieron la principal riqueza económica” entre sus cuates. El petróleo enriqueció a, prácticamente, toda la mafia política.

Ahí (en el petróleo) debería de haber nacido nuestro modelo económico; ahí debería haberse fundamentado la razón de nuestra grandeza. Dice resignadamente el mexicano tipo: ¡Ni modo!

No creo que podamos (en congruencia) hacer partir el análisis de la problemática económica de México sin antes advertir que México siempre ha sido un país de riqueza agrícola, y de filosofía cultural del mismo tipo.

Lo fuimos en la Colonia. Lo fuimos al iniciarse el régimen independizado, tan sólo interrumpido por las luchas intestinas por el poder , disfrazadas de divergencias ideológicas entre los partidos que siempre se han enfrentado en México.

Conservadores y liberales lucharon entre sí, pero siempre reconocieron que los mexicanos éramos –ante todo- agricultores. No sólo nos alimentábamos de los productos del campo, sino que también exportábamos productos de él; en esta pasividad económica, residía el poderío material por el cual se luchaba en las grandes ciudades.

Inglaterra, Estados Unidos, y los principales países europeos, habían ya iniciado la industrialización económica; de la cual todavía padecemos sus sucesores.

En un país, quizás el más poderoso del mundo en su tiempo (Inglaterra) se produjeron (Siglo XV) movimientos de protesta por campesinos y artesanos, que permitieron la desaparición en forma progresiva de la servidumbre campesina.

La monarquía de los Tudor creó un modelo estatal, administrativo y financiero de tipo centralizador, que permitió a la burguesía inglesa dar nacimiento a las corrientes culturales mercantilistas, y crear en su lugar propietarios rurales de insospechada fuerza política.

Inglaterra derrota a Holanda y se convierte con ello en una poderosa potencia mundial –marítima y comercial-, que rige al mundo de su época.

En Inglaterra, por lo tanto, es en donde se desarrollan industrias específicas (de lana principalmente), y los pequeños propietarios agrícolas perfeccionaron las técnicas del campo, y la venta de excedentes de granos y ganado en el mercado mundial, cuando en el resto del mundo se reafirmaba el latifundismo. Pero al propio tiempo en Inglaterra ocurre una verdadera Revolución Industrial, por cierto con apoyo de campesinos y artesanos.

La real importancia que para nosotros tiene todo ésto es que ocurre un cambio social dentro del cual se da un fenómeno, que en vez de tan sólo permanecer el país en la producción de materias primas, laborar ahora por obtener la transformación de ellas en aquellos insumos más necesarios, que además son exportables al exterior como materias primas o productos semielaborados.

Debe destacarse que el anterior concepto de transformación económica se refiere a las industrias ligeras o de bienes de consumo, que requieren menos inversión que las industrias pesadas, totalmente alejadas de las posibilidades del México virreinal, y con mayor razón del actual.

México (en el tercer párrafo del artículo 27 de su Constitución Política) es uno de los pocos países que desde su más alto nivel define su política económica, cuando mandata el modelo de desarrollo económico que es obligatorio seguir –en beneficio social- y ordena el aprovechamiento de los elementos naturales susceptibles de apropiación, “…con objeto de hacer una distribución equitativa de la riqueza pública, cuidar de su conservación, lograr el desarrollo equilibrado del país y el mejoramiento de las condiciones de vida.” Todo ello -sigue ordenando la Constitución-, persiguiendo esfuerzos históricos para distribuir la riqueza, y teniendo como cimiento atender nuestras tareas agrícolas y explotar correctamente el suelo y el subsuelo del país (minería, hidrocarburos, gas).

Lázaro Cárdenas, (el padre del reparto de la riqueza agrícola entre los campesinos) tema toral de la Revolución Mexicana, contrastantemente también es el autor de la industrialización de nuestro país.

Pero es importante subrayar que no industrializó a México en contra del pequeño o mediano agricultor, sino como complemento y auxilio de éstos.

La filosofía profunda de Cárdenas fue distorsionada y aprovechada por los grupos conservadores mexicanos (los sucesores de los antiguos hacendados), quienes obtuvieron un giro mal intencionado a una sana política económica de nuestro país, hecha a favor de los productos del campo, y no de la industria pesada que pudiera llegar a intentar con algún sentido.

Pero debo resaltarlo: México es un país agrícola, y no un país industrial con metas absurdas de grandeza, pretendiendo construir un futuro congruente con el poderío mundial.

La actual desolación del mexicano es bien conocida. El campo es abandonado (no tanto por sus naturales, sino por los productores del crédito, de los implementos, de la distribución, de la comunicación, de los apoyos oficiales), al extremo de producirse el exilio de los campesinos a las principales ciudades, y posteriormente de éstas a los Estados Unidos, dejando en México ciudadanos escépticos, que desean abandonar a un país “quebrado”, sujeto a medidas económicas ajenas, empobrecido hasta la miseria, abatido, totalmente desalentado, falto de esencia patriótica. En pocas palabras lo más alejado del ideal constitucional ya transcrito.

El mundo anglosajón, con una política totalmente adecuada a sus necesidades particulares, nos impone un modelo de economía de mercado (por sobrenombre: neoliberalismo), en el que éste es respetado como si fuera un ser viviente por encima de los nacionales, y que tiene necesidades, deseos y dinámica, que deben ser atendidos por la Nación.

En América del Norte, Estados Unidos y Canadá nos imponen (y nosotros aceptamos con humildad) un Tratado de Libre Comercio, dentro del cual nosotros abandonamos nuestra única (y patética) arma defensiva, que evitaba nos invadieran a plenitud; o sea: los aranceles.

Ahora pedimos con desesperación que nuestros vecinos del norte nos salven de la miseria. Mañana les pediremos hasta tortillas. Intentamos migrar a la fuente única de trabajo posibles, y nos rechazan, nos apalean, nos humillan.

Con todos estos elementos, los economistas y financieros, los millonetas mexicanos, ¿no podrían tener la gentileza de obsequiarnos con un nuevo modelo de desarrollo económico? ¿O continuaremos totalmente esclavizados?

El artículo pertenece a la Sección Columnistas - Dentro de la categoría: Juventino Castro y Castro